Revolución en Sudán: «Todo debe caer»

¿Por qué nos ocultan que el Cuerno de África vive una primavera política?

El año pasado fue Etiopía. Una rebelión de jóvenes acabó con un gobierno que había acudido a la represión para resolver sus problemas. Ahora es Sudán quien está conociendo una revolución popular. Mañana puede ser Eritrea. En Sudán la población se ha levantado contra un régimen autoritario en manos de un banda de cletpómanos que durante treinta años ha saqueado el país. Un régimen al que la Unión Europea le está financiando unas milicias que han asesinado al menos a 60 manifestantes durante las protestas.

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Mural en las calles de Jartun

Omar al-Bashir, el Presidente que cambió su traje de militar por uno de civil tan pronto llegó al poder por la fuerza, fue derrocado la semana pasada, pero miles de personas siguen sentados rodeando el cuartel general del ejercito y los poderosos servicios de inteligencia en Jartum, la capital sudanesa. La gente no se traga que las cosas han cambiado porque hayan sustituido a un general por otro. No quieren que ocurra lo de Egipto o Yemen durante la primavera árabe y por eso siguen en las calles. “Todo debe caer”, gritan. Es una tarea difícil acabar con el régimen porque la revolución apenas está creando sus líderes y la comunidad internacional no está por la labor.

Llevaban meses –desde diciembre, cuando en al menos en 30 localidades la gente salió a la calle a manifestarse por la falta de pan, literalmente no lo había en las panaderías– intentando organizar algo semejante a lo que ocurrió en Cairo en la plaza de Tahrir durante la primavera árabe, pero Jartum es diferente. El Nilo blanco y el Nilo azul, se juntan allí, actúan como murallas naturales que dividen a la población. Los seis puentes que unen las orillas son los únicos pasillos que pueden juntar a la gente. Era fácil para la policía y las milicias, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF por sus siglas en inglés), impedir que las marchas que ocurrían a diario se transformaran en una gran muestra de fuerza. Al-Bashir había decretado el estado de emergencia en febrero y tenían barra libre. Al menos sesenta personas habrían sido asesinadas por los disparos de la milicia del RSF durante las protestas de estos meses. Las RSF son las milicias contratadas por la Unión Europea para hacer el trabajo sucio en las fronteras y parar la migración del Cuerno de África con destino a Europa. Las milicias fueron establecidas para integrar a los janjaweed, las milicias árabes creadas por al-Bashir, acusadas de genocidio en Dafur. Europa está interesada en Sudán porque es uno de los puntos críticos de la ruta de migración que desde el este y centro de África llega al Mediterráneo y no tiene ningún escrúpulo en usar estas milicias criminales a su servicio como hace Arabia Saudí en la guerra de Yemen.

En Jartum las fuerzas de seguridad solo necesitaban una docena de vehículos militares para cerrar los puentes e impedir que los manifestantes convergieran. Pero a principios de abril una multitud acabó logrando su objetivo. Lo que hasta ese momento había funcionado dejó de hacerlo. La gente había perdido el miedo. El seis de abril una manifestación logró llegar a las puertas de la casa de al-Bashir, en el compound donde el ejército y la seguridad tienen su centro, para entregarle el pliego con sus demandas: persecución de los que estuvieron detrás del golpe de 1989, congelación de las propiedades de los jefes militares y políticos durante los años que al-Bashir gobernó, depuración del sistema de seguridad y judicial, entregar el gobierno de transición a civiles mientras se celebran elecciones… El logro empoderó a los manifestantes.

La marcha decidió quedarse en una sentada hasta que respondieran positivamente a sus demandas. Era una ocupación pacífica y festiva de las calles. Empezaron cinco mil pero de inmediato se sumó gente incluso de fuera de Jartum. Ahora participan decenas de miles. Tuvieron que resistir ataques de la milicia y los soldados. Testigos dicen haber visto 11 camionetas con milicianos bien armados pertenecientes a la milicia de las RSF. Usaron fuego real para reprimirlos. Al menos 20 manifestantes fueron asesinados. Algunos soldados y oficiales del ejército no cumplieron la orden de disparar y se unieron a las protestas protegiendo a los manifestantes. En horas al-Bashir estaba fuera del poder. Dieron un autogolpe para salvar al régimen evitando un hipotético enfrentamiento entre soldados.

Dos días después el Lt. Gen. Awad Mohamed Ahmed Ibn Aufel, jefe del poderoso servicio de información e inteligencia y amigo de al-Bashir, que lo había sustituido, estaba también fuera. Las razones se desconocen pero no era un Presidente creíble. La revolución no lo quería y es muy posible que poderes externos decidieran su destino. El día 13 el general Abdel-Fattah Burhan, un amigo de Ryad, jefe de las tropas sudanesas en la guerra de Yemen y antiguo comandante de las RSF, las milicias contratadas por Europa para proteger la frontera, se convertía en el hombre fuerte de Sudan. A pesar de que Burhan ha mandado encarcelar a al-Bashir, la ocupación sigue. “La cabeza está cortada pero el cuerpo continúa vivo” han dicho los manifestantes a periodistas. La revolución quiere que los militares vuelvan a los cuarteles y entreguen el poder a los civiles. Es la garantía de que se cumpla el objetivo de acabar con el régimen corrupto y represivo de al-Bashir. Saben lo que ocurrió en Yemen o Egipto durante la Revolución árabe y quizá está ocurriendo en Etiopía. Las cabezas fueron cortadas pero los regímenes continúan.

Al-Bashir llegó al poder en 1989 en una alianza con el islamista Hasan al-Turabi. Jartum era todavía entonces una ciudad secular con sindicatos poderosos y partidos políticos, entre ellos uno comunista importante. Usó al Islam radical contra todos ellos apoderándose de los centro de educación para cimentar su poder. Los ingresos petroleros que empezaron a llegar en los primeros años del siglo XXI cambiaron al país, pero al-Bashir supo adaptarse. Se deshizo de al-Turabi y compró con los dólares que llegaban lealtades de militares, poderosos señores locales y clases medias. Alex de Waal lo ha llamado la política del mercado. Los conflictos que existían en Dafur, en la región del Nilo azul o en el sur de Kordofa los explotó en beneficio económico de militares y allegados. En aquellos años el 70% del presupuesto fue a los militares. Las milicias islamistas criminales que había creado para masacrar a la oposición durante el periodo islamista pudo convertirlas en policías convencionales. Un país pobre conocía un boom de riqueza pero el 40% de los sudaneses seguía en la pobreza. En vez de aprovechar el dinero para desarrollar la agricultura campesina –Sudán tiene 200 millones de acres de tierra arable y derecho al uso del 25% de las aguas del Nilo– entregó tierra de mejor calidad, millones de acres, a los países del Golfo. Solo en 2016 Sudán entregó a Arabia Saudí un millón de hectáreas cultivadas por campesinos que fueron expulsados de su tierra. Ahora un país que podía alimentar al Cuerno de África explotando el vergel del Nilo no produce ni suficiente harina para el mercado interno. Los beneficios de la exportación van a las cuentas de los fondos de inversión árabes. Al-Bhasir cortejó por igual a Arabia Saudí y Qatar para evitar depender de uno de ellos, a ambos les entregó tierra. La crisis parece que está colocando a Sudán más cerca de Ryad con el ascenso al poder de Burhan, el general que coordinó las tropas sudanesas, incluidos janjaweedes, en Yemen, tropas que combaten junto a los saudíes frente a los huzíes.

Durante el boom Jartum se transformó con altos y modernos edificios. Se abrieron restaurantes y comercios con productos importados. El nuevo consumismo anestesió a la clase media. Lo que no habían podido finalizar los islamistas lo hizo el petróleo. Represión y dinero fácil pulverizaron a la sociedad civil y secular de la capital.

La ruptura de Sudán en 2011 volvió a cambiar el país. Dejó a al-Bashir sin ingresos para hacer sus compras en el mercado de la política. La creación de Sud Sudan implicaba perder tres cuartos de la producción de petróleo, el 50 % del presupuesto y el 90% de las divisas. Esta vez no pudo adaptarse a la nueva situación. En 2013 al-Bhasir tuvo que empezar a ajustar la economía siguiendo las recomendaciones del FMI. Fue el principio del fin. Los subsidios al pan y al combustible desaparecieron. Las importaciones colapsaron. Al menos 170 personas fueron asesinadas por las milicias RSF durante las protestas que siguieron. La crisis económica que empezó entonces es lo que está debajo de la sublevación popular actual. En 2018 la inflación llegó al 72%. Sin dinero para comprar lealtades al-Bashir empezó a perder su base social. La clase media echó en falta gasolina y dinero de los cajeros de los bancos, que escaseaban. El sector popular el pan de las panaderías y los tomates que habían cuadruplicado su precio. La gente salió a la calle.

Las protestas empezaron espontáneamente, pero un grupo hasta ahora desconocido ha emergido como el catalizador de las mismas. La Asociación de Profesionales de Sudán (SPA por sus siglas en inglés). Su identidad es difusa –todavía algunos de sus líderes siguen en la clandestinidad– pero sin duda tiene una raíz en la tradición de los poderosos sindicatos que al-Bashir destruyó cuando llegó al poder. Hay muchos jóvenes –y sobre todo mujeres– profesionales: doctores, profesores universitarios, maestros, arquitectos… La SPA ha tomado cuerpo en la calle. Muchos de sus activistas han nacido en las protestas. Sus nombres no estaban en las listas de los aparatos de seguridad y pudieron burlarlos. Eran parte de la anestesiada clase media que ha despertado y se ha unido a las iniciales protestas populares por la falta de pan.

El SPA parece firme. Después del nombramiento del general Abdel-Fattah Burhan ha hecho un llamamiento a seguir y defender la revolución y sus logros. Como ellos gritan en su ocupación, si queremos libertad “Todo debe caer”.

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/revolucion-en-sudan-todo-debe-caer/

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