¿Ha acabado felizmente la Revolución en Sudán?

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El sábado pasado militares y representantes de la Revolución firmaron un acuerdo para compartir el poder durante tres años, tras los cuales deben celebrarse elecciones y establecerse un gobierno civil democrático: la gran reivindicación democrática de la Revolución. Hubo festejos en Jartum ese día, pero con todo fue un día agridulce.

El acuerdo se produce después de que ninguno de los dos bandos haya podido imponerse el uno al otro. La Revolución no ha sido capaz de acabar con el poder de los militares, pero la contrarrevolución no ha podido aplastarla. Sin un compromiso, la guerra civil estaba en el horizonte.

El lunes, dos días después de firmarse el acuerdo, Omar al-Bashir, el líder durante 30 años de un Régimen corrupto y represivo en manos de militares cleptómanos, a quien la Revolución había logrado sacar del poder en abril, entraba en un tribunal de Jartum para ser juzgado por corrupción.

La Revolución había conseguido otro de sus grandes objetivos. Pero asociados del dictador responsables de masacres y de saquear las arcas públicas como él seguían en el poder sin que estuviera claro si serán juzgados por sus crímenes o han ganando la impunidad.

El acuerdo alcanzado consagra al nuevo Consejo de Gobierno (un cuerpo colegiado compuesto por 6 militares y 5 civiles propuestos por la Alianza del Cambio y la Libertad, una organización que aglutina a las diferentes tendencias de la Revolución) como la jefatura del Estado. El Consejo será liderado los primeros 21 meses por el Lt. Gen. Abdel Fattah al-Burhan, un amigo de Riad, al frente del gobierno desde abril. Los restantes 18 meses hasta las elecciones será presidido por un civil. Los civiles propondrán al Primer Ministro de un gobierno de carácter técnico mientras los militares se reservan los ministerios de seguridad y defensa, incluida la inteligencia, los ministerios que se llevan el grueso del gasto público y constituyen el núcleo duro del Estado.

 

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Doblegar a los militares para que cedieran parte del poder no había sido una tarea fácil. La Revolución había empezado fuera de la capital contra la carencia de pan y el aumento de precio del combustible. Empezó siendo conocida como la “revolución del hambre¨. Había sido el colapso de un modelo económico que premiaba a los generales y a sus amigos del Golfo (saudíes, emiratos, qatarís se estaban quedando con las tierras más fértiles en detrimento de los campesinos locales) lo que desató la Revolución. El 40% de la población, la mayoría campesinos, tiene ingresos por debajo de la línea de la pobreza. Era escandaloso ver enriquecerse a estos generales convertidos en “empresarios” que explotan en su provecho las riquezas del país.

En enero, jóvenes y mujeres oprimidas por el islamismo político se sumaron al movimiento en Jartum. El 60% de una población de 42,5 millones tiene menos de 25 años. Una incipiente clase media de profesionales formada con el boom del petróleo veía cómo sus sueños de progreso se estaban esfumando con la separación del sur, donde están la mayoría de los pozos. Espoleados por sueldos estancados, inflación y cajeros vacíos se unieron a la protesta popular organizados por la Asociación de Profesionales de Sudán (SPA). Una organización que acabó desempeñando un papel decisivo en la Revolución.

En abril los militares decidieron sacrificar a Omar al-Bashir mientras esperaban el momento adecuado para aplastarla. La Revolución estaba ganando fuerza y maniobraron para debilitarla. La Revolución respondió ocupando las calles y gritando “todo debe caer”.

Los militares intentaron aplastar a la Revolución el 3 de junio con una masacre. Se valieron de las milicias genocidas janjaweed, rebautizadas como Fuerza de Apoyo Rápido. Estas milicias árabes están encabezadas por un líder ambicioso de una milicia étnica de Darfur, Mohamed Hamdan, conocido como Hemeti, que se está convirtiendo en el hombre fuerte de Sudán. Solo ese día asesinaron a 127 manifestantes, hirieron a centenares y violaron a docenas de mujeres. Algunos de los asesinados fueron tirados al Nilo atados a piedras. El campamento que habían levantado los revolucionarios fue destruido. Fueron días terribles. Parecía que la contrarrevolución había ganado, pero la Revolución mostró su fuerza en las calles. Supo organizar el apoyo de la población a sus demandas. El 30 de junio, menos de un mes después de la masacre, Jartum conoció de nuevo una enorme movilización de masas. Los militares, si querían evitar una incierta guerra civil, estaban obligados a sentarse a negociar.

En Julio la contrarrevolución volvió de nuevo a la carga. Se resistía a compartir el poder con los civiles, como exigía la Revolución en la mesa de negociaciones. Intentaron de nuevo amedrentar a la población con otra masacre. El SPA había llamado a una gran manifestación para presionar a los militares para que aceptaran las demandas de la Revolución. Una semana antes de la gran manifestación en la ciudad de El-Obeid, la capital del Norte de Kordofan, las milicias de Hemeti asesinaron a sangre fría a cuatro estudiantes adolescentes. Habían disparado fuego real contra una manifestación pacífica de estudiantes que protestaban en uniforme escolar por la falta de agua, electricidad y transporte público. A pesar de la nueva masacre, Hemeti no consiguió su objetivo. Miles de manifestantes tomaron las calles en todo Sudán como estaba previsto. Los militares tuvieron que ceder y aceptar la demanda de la Revolución de compartir el poder con los civiles hasta la celebración de elecciones.

El día que se firmó el acuerdo hubo celebraciones con música, poesía y fuegos artificiales en las calles de Jartum. Habían derribado a al-Bashir y obligado a los militares a compartir el poder con los civiles. Pero los periodistas hablan de que había también incertidumbre y desconfianza sobre el futuro. La gente no las tenía todas consigo de que los militares cumplieran su compromiso. El responsable de la masacre de junio, Hemeti, sigue a cargo de los janjaweed y ha sido designado por los militares para ocupar un puesto en el nuevo Consejo a pesar de sus crímenes ¿Cómo es posible que no sea juzgado después de asesinar a 127 personas en un solo día? ¿De dónde viene el poder que le protege?

Según escribe Alex del Waal en la BBC, Hemeti era un pequeño comerciante del clan Mahariya de la Rizeigat en Darfur que llegó a ser un brigadier de al-Bashir en las milicias árabes que cometieron el genocidio en Darfur. Debido a sus servicios consiguió en Jartum, bajo la protección directa de al-Bashir, un salario para sus tropas, rangos para sus oficiales y las estrellas de un flamante general brigadier con su suculenta paga para él. Sus milicias fueron rebautizadas como Fuerzas de Apoyo Rápido (había que limpiar lo de janjaweed asociado a genocidio) y puestas bajo el mando del Servicio de Seguridad e Inteligencia nacional (NISS).

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La sustitución del petróleo por el oro en la economía sudanesa le ayudó en su carrera. En 2017 el oro representaba el 40% de las exportaciones. En esa fecha las minas de oro más productivas del norte de Darfur ya le pertenecían. Había establecido una compañía, al-Junaid, para controlar el comercio legal del oro mientras sus janjaweed controlaban las fronteras de Chad y Libia asegurándose un lucrativo contrabando. La Unión Europea se aprovechó de ello para implementar su indignante política migratoria incrementando la riqueza y el poder de Hemeti. En 2015 aceptó enviar tropas de sus milicias a la guerra de Yemen bajo el mando de Emiratos, extendiendo sus tentáculos hacia el Golfo. Dubai es el principal importador del oro de Sudán. Tras la caída de al-Bahsir, Hameti se ha convertido en el general más rico de Sudán y el más poderoso.

El día que se firmó el acuerdo, en una ceremonia en Jartum Hemeti se presentó a sí mismo en un entrevista con la BBC como “el salvador de Sudán que está comprometido con el acuerdo alcanzado”. La Revolución tiene sus dudas. Hemeti es un violento operador de la política sin escrúpulos cuyo objetivo es hacer negocios y amasar poder. La SPA ya ha advertido que hay batallas por venir. “Si no cumplen las promesas saldremos de nuevo a la calle”, han dicho.

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