¿Por qué no pueden aceptar que los huzíes atacaron las refinerías de Arabia Saudí?

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El ataque a las refinerías de Aramco en Abqaiq y Khurais puso a la guerra de Yemen, escondida hasta entonces de la opinión pública, en las primeras páginas. Un pobre país con sus infraestructuras destruidas, bombardeado durante más de cuatro años era capaz de golpear con éxito el corazón productivo del país más rico y mejor armado de la región. Un ataque, cuya organización costó unos cientos de miles de dólares, infligía pérdidas millonarias a sus enemigos desestabilizando el mercado mundial del petróleo. Los pobres podían derrotar a los ricos. Un dron cuesta 15 mil dólares, mientras el precio de un misil-antimisil Patriot que no funcionó es de entre 1 y 6 millones de dólares.

El ataque había puesto en apuros y humillado a Mohammed bin Salman, el hombre a cargo de Arabia Saudí, el ingeniero de una guerra contra Yemen caprichosa e inganable. Cuando inició la guerra con el consentimiento de Obama, Yemen no era un peligro para nadie. Mohammed bin Salman solo quería “legitimar” el poder ganado por ser el preferido del Rey Salman con los cadáveres de una población pobre. Pensó que la guerra de Yemen sería un paseo. La economía de Arabia Saudí es 38 veces mayor que la de Yemen. Ahora resulta que estos pobres y “atrasados” hombres tribales le están haciendo morder el polvo, cuestionando su capacidad para gobernar. Los huzíes de un solo golpe habían sido capaces de reducir a la mitad la producción del petróleo saudí, la sangre negra que llena sus arcas.

Las dos instalaciones atacadas procesaban diariamente 8,45 millones de barriles, el grueso del bombeo de un país que produce el 10% del petróleo mundial, el país que más petróleo exporta en el mundo. Unos pobres hombres tribales hacían temblar el mercado mundial subiendo sus precios hasta un 15%.

Esta colosal victoria de una resistencia popular no cabía en el relato del neocolonialismo neoliberal para Oriente Medio. Era muy tóxica por su significado. Había que acusar a Teherán del ataque, aunque no hubiese evidencias, para que la política de guerra fabricada contra Irán siguiera adelante. En el relato, donde la verdad son los twitter del Presidente Trump, no los hechos, no hay espacio para una resistencia popular exitosa. Antes de que hubiera tiempo de reunir cualquier tipo de información ya habían decidido la “verdad”, descalificar a los huzíes que reivindicaron la autoría del ataque por “la complejidad y precisión” del mismo –hace tiempo que han perdido sus espías en Yemen y deben pensar que los hombres tribales solo disparan kalashnikovs– para acusar a Irán y continuar su aventura militarista en la región.

No importaba que los huzíes hubiesen procedido a un ataque similar en mayo, cuando golpearon con éxito en la provincia de Ryad el oleoducto que une Abqaiq con el Mar Rojo y los misiles tierra-aire Hawk que lo protegían fueron incapaces de detectarlos. Entonces no acusaron a Irán del ataque –y eso que el oleoducto estaba a más de 750 kilómetros de la frontera– sino a los huzíes. Tras el ataque varias batería de misiles-antimisiles Patriots operadas y protegidas por 500 soldados de Estados Unidos llegaron al reino por orden de Trump para ayudar a su amigo Mohammed bin Salman, ya en apuros.

Los huzíes habían abandonado sus primeros drones, los Samad 3, un modelo pequeño, barato y torpe de maniobras, lo que hacía fácil que fuera detectado, sustituyéndolos por los Quds 1 de tecnología iraní. Un dron más largo y sofisticado que se asemeja a un pequeño misil tipo crucero pero con el payload de un dron. Fueron estos drones modificados –la industria misilística y en general la armamentística no es desconocida en Yemen, manejaban misiles Scuds en los años 90 y siempre ha habido allí un importante mercado de armas– los que golpearon con éxito el oleoducto y ahora las refinerías. Las restos de las armas utilizadas en el ataque que las autoridades saudíes presentaron a la prensa con gran fanfarria eran consistentes con este modelo.

Expertos de Naciones Unidas habían advertido antes del ataque que los nuevos drones yemeníes tenían un rango de 1.500 kilómetros, una distancia mayor de la que hay entre Abqaiq y la frontera. Los huzíes, posiblemente con ayuda de ingenieros iraníes y de Hezbollah, habían podido acoplar un depósito de gasolina que les permitía sobrevolar una mayor distancia. Estos misiles poseen un pequeño radar de tremenda sofisticación que les permite evadir los misiles Patriot de tierra-aire diseñados para repeler ataques de aviones, y grandes misiles sobre todo de tipo Scud. Una batería de este tipo estaba emplazada en Abqaiq cuando el ataque. Los drones volaron bajo y no fueron detectados por los radares instalados en tierra por los militares de Estados unidos. El ataque puede volverse a repetir mientras el sistema Patriot no adapte sus radares al inesperado y sorpresivo desafío de los nuevos drones.

Washington mostró unas fotos tomadas desde un satélite diciendo que al menos había habido 19 puntos de impacto en las dos instalaciones. Los huzíes dijeron que el ataque había sido realizado con 10 drones equipados con misiles, lo cual es coherente con los 19 impactos. Los funcionarios que presentaron las fotos a la prensa dijeron que no sabían de dónde llegaron, pero presumían que el ataque apuntaba en dirección del norte o noroeste de Irán o Iraq, en vez del sur donde está Yemen. Expertos han calificado las fotos como insuficientes para sacar conclusiones. Han pasado bastantes días desde el ataque y todavía no han mostrado ningún tipo de prueba de en qué plataformas y desde dónde fueron disparados los drones y misiles. Incluso si los impactos que dañaron las instalaciones parecían venir desde Iraq o Irán, ello no prueba que fueran lanzados desde alli. Los drones y misiles de crucero pueden ser programados para cambiar de dirección, golpeando en dirección contraria de la que fueron lanzados.

La primera reacción del Presidente Trump a la mala noticia fue la testosterona. Estados Unidos estaba “locked and loaded”, tuiteó sugiriendo que estaba preparando un ataque militar inmediato contra Irán. Horas más tarde supimos que el Presidente se había atragantado con su América Primero. Estados Unidos no actuará, dijo, hasta que Arabia Saudí diga “en qué términos proceder”. América era segunda. Teherán no esperó y advirtió que cualquier ataque a Irán sea o no en represalia llevará a una “guerra total”. Al final, Estados Unidos se ha limitado a enviar un modesto destacamento de tropas, cientos, no miles, a Arabia Saudí y Emiratos para ayudar a proteger los reinos mientras sigue el relato contra Irán.

Expertos han acusado a Trump de debilidad, pero tiene razones para ser débil. El ataque ha mostrado que Arabia Saudí no puede garantizar el abastecimiento de petróleo si empezase una guerra. Desde mayo, al menos 13 petroleros en el Golfo Pérsico y el estrecho de Hormuz han sido tomados por fuerzas iraníes o sufrido actos de sabotaje. Ahora sabemos que la vulnerabilidad no se limita al estrecho de Ormuz, existe en toda la península arábiga. No hay ninguna duda de que una guerra interrumpiría la producción de petróleo y su flujo a occidente. Arabia Saudí no está en condiciones de sustituir el abastecimiento del petróleo de Irán como hasta ahora se pensaba.

El ataque a la refinería de Abqaiq ha acabado de atar las manos de Trump, ya en campaña electoral. Los misiles y drones no son manipulables por un relato como lo es la opinión pública. Los misiles destruyen lo que encuentran, no creen en cuentos de hadas. Arabia Saudí, a pesar de gastarse el año pasado 60 mil millones de dólares en armas, no puede garantizar el abastecimiento de petróleo si es atacada. Si hay guerra, un alza de la gasolina acabaría con la posibilidad de Trump de ser reelegido. Los huzíes lo saben y tras el ataque han hecho una oferta de negociaciones bien recibida por las Naciones Unidas, que ha llamado a los saudíes a continuar las negociaciones de Suecia. Les toca a los saudíes decidir qué quieren, pero me temo que no tienen muchas alternativas.

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