¿Por qué en el norte de Mozambique hay una insurgencia islamista?

La maldición de los recursos no descansa. En abril 52 personas, la mayoría jóvenes, fueron asesinadas en Xitaxi, en el distrito de Muidumbe, en el norte de Mozambique, por guerrilleros islamistas. Según testigos la negativa de los jóvenes a alistarse en las guerrillas les costó la vida. Muidumbe está en el interior, camino a la meseta de Mueda, a 50 kilómetros de Mocimboa da Praia, una pequeña ciudad costera en el Oceáno Índico donde nació la insurgencia. En su costa, la industria extractiva -Exxon Mobbil, Anadarko, ENI y otras compañías de la energía fósil- han comenzado a explotar el mayor yacimiento de gas encontrado en las últimas décadas.

En lo que va del 2020 Naciones Unidas había reportado a finales de abril al menos 30 ataques guerrilleros en la provincia de Cabo Delgado. Sobre todo en los distritos de Mocimboa da Praia, Macomia, Nangade, Palma y Quissanga. Ataques a comunidades, quema de casas, asalto a cuarteles de la policía, emboscadas a patrullas militares, ejecuciones de jefes de comunidades e informantes. Ataques cada vez más sofisticados. Radio Canadá Internacional ha informado de ataques a convoyes del grupo petrolero estadounidense Anadarko. Durante un tiempo el gobierno contrató primero a mercenarios de Estados Unidos (Blackwater) y después a rusos (Wagner Group) para protegerlos, pero ahora ha desplegado también al ejército.

En estos ataques 400 personas, la mayoría civiles, han muerto, y cien mil personas han sido desplazadas. Imágenes de cientos de personas caminando entre vehículos militares por la única carretera asfaltada que hay en el norte de la provincia, la carretera que une Pemba –su capital– con Mocimboa da Praia, han circulado por las redes sociales. Estos campesinos –el 80% de la población de Cabo Delgado lo son– han huido de sus comunidades y han dejado sus cultivos, sus playas y sus bosques por miedo a la violencia. Estamos hablando de un conflicto en donde tras tres años de violencia armada han sido contabilizados cerca de 1.000 muertos y 200 mil desplazados de una población de 2,4 millones. La población tiene miedo de los guerrilleros y del ejército.

El taxista de uno de mis viajes a la zona antes del conflicto decía que “el norte de Cabo Delgado es como el sur de Tanzania, pero más atrasado”. El rio Rovuma separa a los dos países, pero no a las etnias. Cabo Delgado es la provincia más pobre de Mozambique, y junto a Niassa la que menos infraestructuras tiene. Solo el 12,1% de los hogares están conectados a la red eléctrica. Hay comunidades sin cobertura telefónica, apenas hay carreteras y faltan escuelas y centros de salud. Tanto es así que el 65% de los niños no están escolarizados. En 2015 el 60% de la población era analfabeta (la media nacional es del 40%). La poligamia y el matrimonio infantil predominan.

Llama la atención el abandono del gobierno. Aunque Pemba está más cerca de Nairobi que de Maputo (Mozambique tiene más de 2.000 kilómetros de costa) la provincia de Cabo Delgado está fuertemente ligada al nacimiento del estado independiente mozambiqueño. No se puede hablar de una provincia aislada. En Cabo Delgado empezó la lucha de liberación nacional (1965-1974). En Chai, una población muy cercana a Muidumbe, el FRELIMO llevó a cabo el primer ataque militar contra los portugueses. Hay en Chai un pequeño museo que lo explica. El FRELIMO es el único partido que ha gobernado Mozambique desde su independencia en 1975. Muchos de los generales más influyentes en el ejército son macondes, la población étnica que habita la meseta en torno a Mueda. Estos generales macondes son los padrinos del actual presidente Nyussi, él mismo de Cabo Delgado y ministro de defensa con el anterior Presidente Armando Guebuza. Felipe Nyusi, quien inauguró su segundo mandato en enero, nunca hubiese llegado a Presidente sin el apoyo de aquellos.

Uno de ellos es el general Raimundo Pachiuapa. Copropietario con accionistas ingleses de Montepuez Ruby Minning, la mayor mina de rubíes del mundo, expulsó a los campesinos que cultivaban la tierra en donde estaban los rubíes para quedársela él y su familia. La expulsión de los campesinos fue organizada por el gobernador de entonces de Cabo Delgado.

estatua de Samora Machel en la isla de Ibo donde 31 insurgentes murieron en abril en enfrentamientos con el ejercito

Estos generales se olvidaron de las promesas socialistas del FRELIMO para reclamar un derecho a explotar en beneficio de sus familias los recursos naturales de Cabo Delgado. El neoliberalismo, que buscaba con quién hacer negocios, se frotaba las manos. Su jefe, el general Alberto Chipande, ministro de defensa cuando Samora Machel murió en un accidente de avión en extrañas circunstancias –se ha hablado de un atentado–, llegó a decir (el diario Noticias de Maputo se hizo eco de su discurso), cuando se supo la enorme riqueza que había bajo el mar: “No queremos ser mendigos. También queremos comer como individuos, como grupo. Estamos en fase de desarrollo económico, no de voluntariado, como aquella en que participamos para la liberación del país”. La familia del general Chipande tiene negocios en la explotación de gas.

La cantidad de gas encontrada en la Bahía de Rouma, a 50 kilómetros de la costa de Mocimboa da Praia, es enorme. Expertos calculan 5,7 billones de metros cúbicos. Una cantidad de gas que solo tiene comparación con los depósitos en Qatar. Podría satisfacer la demanda europea durante 10 años. Economistas estiman que Mozambique podría ingresar entre 60 y 95 mil millones de dólares en 25 años. Estamos hablando de un país con un PIB anual de aproximadamente 15 mil millones de dólares. Un país que Naciones Unidas sitúa en el octavo lugar por la cola en desarrollo humano. Más de 10 millones de mozambiqueños, de una población de 30 millones, viven en la pobreza absoluta y no tienen seguridad alimentaria.

La masacre guerrillera de Muidumbe llegó a los teletipos dos semanas después de que ocurriera. Los guerrilleros no suelen reivindicar sus ataques y el gobierno no quiere publicidad. A pesar del silencio que rodea a la insurgencia se ha ido abriendo paso información sobre quiénes son y sus razones.

Durante la toma guerrillera de Mocimboa da Praia corrió por las redes un vídeo donde uno de los ocupantes en uniforme militar decía: “lo ocupamos para mostrar que el gobierno actual es injusto. Humilla a los pobres y da los beneficios a los jefes”. En su discurso, rodeado por otros guerrilleros armados, intercambiaba elogios al Islam con denuncias de abusos del ejército.

Ha habido una discusión sobre si el movimiento –conocido por los locales como al-Shabab (la juventud)– era local o implantado desde fuera por militantes islamistas de Tanzania y Somalia, donde hay un movimiento islamista con el mismo nombre. Los locales no tienen duda de que es autóctono. El movimiento creció en las comunidades alrededor de Mocimboa de Praia. Eso no quiere decir que el movimiento islamista internacional no quiera sacar partido de la insurgencia en Mozambique.

Los Imams de la zona –el norte es mayoritariamente musulmán aunque globalmente en Mozambique los musulmanes son alrededor del 18%– han dicho a periodistas que el grupo se originó en Magule, un pueblo del distrito de Mocimboa da Praia, con ideas sobre el Islam provenientes de clérigos de Tanzania. Este grupo fue capaz de ganarse a los jóvenes del lugar, quienes empezaron a cuestionar los ritos tradicionales del Islam en las comunidades alrededor de Mocimboa da Praia dividiéndolas con una línea generacional. Los Imams acabaron expulsando a lós jovenes de las mezquitas y estos acabaron construyendo otras1.

Estamos hablando del 2014-2015, cuando el anterior presidente Armando Guebuza estaba siendo acusado de corrupción; su hijo actualmente está en la cárcel en espera de juicio, y Anadarko y ENI empezaban los preparativos para explotar el gas. En Palma, coqueros y pescadores estaban siendo desalojados de su territorio de la misma manera que había ocurrido con los campesinos de la mina de Montepuez. Estos jóvenes tres años después estaban en la lucha armada. El primer ataque fue en agosto de 2017, en la provincia de Nampula, para robar armas de un almacén.

Desde los inicios del movimiento los jóvenes se quejaban de que los nuevos trabajos generados por la industria extractiva del gas iban a gente de otras provincias. En mayo 2018 la situación no había cambiado. Hubo una manifestación de jóvenes protestando en Palma por el desempleo. La exclusión social y económica estaba alimentando la insurgencia. Lo mismo ha ocurrido con la corrupción. El poder de al-Shabab ha crecido hasta el punto de que han sido capaces de ocupar durante varias horas las capitales de los distritos de Mocimboa da Praia y Quissanga.

comunidad en el distrito costero de Quissanga uno de los más afectados por la violencia

La respuesta del gobierno ha sido militar. Una estrategia que en vez de ir a la raíz del problema resuelve problemas creando nuevos problemas. El ejército ha establecido un grueso cordón para aislar a los distritos en conflicto; soldados patrullan ostentosamente la zona e imponen estados de alarma para restringir los movimientos de la población. Cientos de jóvenes han sido detenidos. Los militares han llegado a usar aviones y lanchas marítimas en los combates con los insurgentes. Recientemente el ejército de Tanzania ha sido desplegado en la frontera para aislar tanto como sea posible la zona. Lo mismo ocurre con la información. El gobierno no quiere que se sepa lo que está ocurriendo. Periodistas han sido detenidos en Pemba, o han sido expulsados de la zona a la fuerza por los militares.

Tanto la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), como Human Right Watch, una organización de Estados Unidos con lazos con el Departamento de Estado, han acusado al gobierno de detenciones arbitrarias, malos tratos a los detenidos y ejecuciones sumarias, conocidas popularmente “como mandar a por leña al bosque”

La violencia ha empezado a irse de las manos, como muestra la masacre de Xitaxi. Horribles fotografías con cuerpos decapitados y mutilados con machetes han circulado por las redes. La guerrilla ha llegado a quemar chapas (taxis colectivos) con mujeres y niños dentro. Un recordatorio de la enorme violencia que el país conoció durante la guerra civil entre el FRELIMO y el RENAMO (1977-1992), en la que murieron un millón de personas. La cultura del miedo y la desconfianza se está fomentado, destrozando la vida de las comunidades.

Este articulo ha sido publicado en El Viejo Topo Expres

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