La industria de la confección en Etiopía: Costureras explotadas más que nunca

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Una de las factorías del Parque industrial de Hawassa

 

La industria de las marcas de confección es nueva en Etiopía. Había una oportunidad de haberlo hecho diferente a como se hizo en Camboya, Sri Lanka o Bangladesh, donde es notorio el mal trato que reciben las costureras. Pero las cosas han ido a peor en vez de a mejor.

Los capitalistas de la moda pagan los salarios más bajos e todo el mundo. Menos de un dólar al día (27 dólares al mes o si se prefiere 18 centavos de dólar por hora). El salario es tan pequeño que las costureras tienen que recurrir a sus familias para llegar a final de mes. La mayoría, campesinos pobres que viven por debajo de la línea de la pobreza. Estas familias empobrecidas subvencionan a una industria que produce capitalistas que amasan increíbles fortunas. Sus propietarios están entre los diez más ricos del mundo mientras los salarios de sus costureras estan entre los más bajos.

¿Por qué aceptó el gobierno estas condiciones draconianas para sus trabajadoras? ¿Cómo es posible que mujeres jóvenes estuvieran dispuestas a trabajar por tan miserable paga? ¿Cómo sobreviven con lo poco que ganan?

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La ciudad de Hawassa está a orillas de uno de los lagos del Valle del Rift, al sur de Addis Abeba. Hace cinco años, cuando empezó a construirse el polígono donde trabajan 32.000 costureras, era una ciudad sin industria. Un centro administrativo, con universidad, con comercio y pescadores, pero sin fábricas. El propio polígono era tierra agrícola. El gobierno tuvo que desalojar a 500 campesinos –se han quejado de no recibir lo prometido– para construirlo.

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En diciembre, cuando lo visité, había instaladas 22 fábricas, pero hay espacio construido para el doble. Todas las factorías menos una, Textil Ethiopia PLC, de capital chino, que produce tela, se dedican a la confección. La mayoría de ellas tienen su sede en China, Hong Kong o India, pero la compañía PVH es el motor del polígono. Esta empresa de Estados Unidos es la propietaria entre otras marcas de Calvin Klein, Tommy Hifinger y Warner Underpants, una marca de ropa interior que se vende en Walmart. Sus ingresos ascendieron el año pasado a 9.700 millones de dólares. También confeccionan su ropa en Hawassa Children Place, H &M, Guess, Decathlon, Fila y Levi’s, por citar algunas marcas conocidas.

Etiopía es un país de campesinos pobres que quiere convertirse en 10 años en uno de bajo-medio ingreso produciendo manufacturas. Su modelo son los tigres asiáticos, o al menos ese era el proyecto de Meles Zenawi, el anterior hombre fuerte de Etiopía que soñaba con industrializar al país. Meles, fallecido en 2012, quería convertir a Etiopía, con la ayuda de China (China ha financiado los 10 mil millones de dólares que ha costado el polígono en Hawassa), en el primer país industrializado de África como una manera de combatir la herencia colonial de dependencia africana; pero se trataba también de dar una salida productiva a las inmensas cohortes de jóvenes que entran cada año en el mercado de trabajo. Etiopía, con 109 millones de habitantes, es el segundo país más poblado de África. Estos jóvenes necesitan empleos y el gobierno quiere dárselos en la manufactura. Quiere crear dos millones para el año 2025, y ve en estos polígonos industriales (hay 21 en desarrollo, la mayoría están en fase de construcción, de ellos 15 son públicos y 6 privados) una manera de lograrlo.

Hawassa está a mitad del eje que une Djibuti con Mombasa, el MarRojo con el Oceáno Índico, sobrepasando Somalia. China ha financiado la mejora de la carretera que desde Nairobi llega a la frontera con Etiopía, hasta el punto de que lo que hace tres años costaba recorrer tres días ahora se recorre en 12 horas. De Nairobi al puerto de Mombasa China ha construido un tren rápido, como ha hecho desde Addis Abeba al puerto de Djibuti. La construcción de la polémica presa en el Nilo azul para producir energía eléctrica es parte del proyecto industrializador.

La infraestructura está casi lista para impulsar la industria en el cuerno de África (solo la inestabilidad política puede perturbarlo) y las empresas que se han instalado en Hawassa quieren 
sacar ventaja de ello aprovechando los bajos salarios. El nuevo primer ministro, Aby Ahmed, quiere liberalizar la economía, es un fan neoliberal, para facilitar la entrada de inversiones extranjeras no chinas; una inversión que hasta ahora estaba altamente regulada y restringida a algunos sectores, entre ellos el textil y la confección.

El gobierno pensó en estos polígonos como un medio de impulsar sus exportaciones, aprovechar la transferencia de tecnología y crear empleo. Pero uno duda de su impacto más allá de crear un empleo muy precario. Estas empresas son una especie de maquilas en el interior del país. Las divisas que se pueden obtener con ellas son mínimas. Las empresas tienen una exención de impuestos a la importación y exportación de 10 años. Solo consumen de Etiopía el trabajo de las costureras que cosen las piezas importadas para volverlas a exportar una vez cosidas. El valor agregado es mínimo. El gobierno está intentando que compren al menos accesorios producidos nacionalmente, pero las empresas se resisten. El algodón lo importan, a pesar del que se produce en el sur de Etiopía. No confían en la calidad y en que lo entreguen cuan- do lo necesitan.

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BF trabaja para una ONG que hace trabajo social con las costureras (no quiere dar su nombre porque a las empresas no les gusta que se sepa lo que hacen y teme represalias), y decía que el empleo era el tema que obsesionaba al gobierno cuando negoció con las marcas. “Estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa que las marcas propusieran para que se instalasen. Les horro- riza el desempleo de masas de jóvenes. Su oferta en la mesa de negociaciones siempre era el bajo coste de la mano de obra etíope. Los incentivaba diciéndoles que podían pagar lo que quisieran a sus trabajadores”.

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Principales marcas de la moda que producen en el Parque Industrial de Hawassa

El gobierno aceptó que no hubiera un salario mínimo y que no se permitieran sindicatos. El resultado ha sido que las compañías deciden el salario de los trabajadores del polígono colectivamente, sin que los trabajadores tengan ningún instrumento para incidir en la decisión. BF decía que Etiopía aceptó estas condiciones porque tenía miedo de que las empresas no vinieran. El salario de hambre de sus costureras era la ventaja comparativa que ofrecía Etiopía a las marcas de los millonarios.

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parque industrial de Hawassa

En diciembre, 2.000 empleadas de Indochina, una empresa china con sede en Shanghai, pararon la producción pidiendo mejoras para la comida. Indochina tiene cinco factorías en el polígono, donde trabajan 4.500 empleadas. Las costureras querían que la empresa, en vez de darles un bonus de comida, sirviera un menú en los comedores como hacen otras compañías. Dejaron sus puestos de trabajo y salieron al recinto del polígono a protestar. El gobierno mandó de inmediato al ejército. Se había comprometido con las empresas a que no habría ninguna protesta. Llegaron soldados con sus fusiles para amedrentar a las huelguistas indefensas. La dirección del parque industrial tuvo que mediar para evitar que las cosas fueran a mayores. Las trabajadoras volvieron a sus puestos bajo la promesa de que sus reclamaciones serían consideradas.

En el polígono trabajan actualmente 32.000 obreras/os (el polígono tiene una capacidad para 60.000 trabajadores), la inmensa mayoría mujeres costureras, pero alrededor de 1.000 son expatriados, capataces o ingenieros de la India, Bangladesh o Sri Lanka, la mayoría hombres con experiencia en este tipo de factorías. El 90% son mujeres jóvenes de la zona con un promedio de edad de 20 años que apenas saben leer y escribir. Obreras que han sido clasificadas por las empresas según su talento en costureras, empaquetadoras o limpiadoras. Sidamo, la provincia federal de la que Hawassa es su capital, cuenta con el 20 % de la población etíope. Estamos hablando de una oferta de mano de obra de 5 millones de costureras potenciales. Son jóvenes no preparadas para afrontar la disciplina de la cultura industrial, pero necesitan el empleo; mucho menos lo están para trabajar en cadena y a no hablar cuando trabajan, como quieren los capataces.

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parque industrial de Hawassa

Este periodista pudo hablar con alguna de ellas y se quejaron por el bajo salario, el ritmo asfixiante de trabajo y de la falta de dormitorios y otros servicios. Trabajan seis días a la semana en turnos mínimos de ocho horas, a veces hasta 10, con un receso para la comida de media hora. El salario mensual de entrada es de 850 birr (27 dólares) y las que tienen suerte y consiguen algún incentivo extra no pasan de los 1.000 birr (32 dólares).

Las empresas se quejan de su baja productividad, es lo único que les preocupa. Pero las chicas se quejan del mal trato de los capataces, casi siempre hombres. Dicen que son agresivos cuando cometen errores, les gritan y abusan de ellas. Las empresas dicen que se trata de malos entendidos culturales, al no estar acostumbradas a la disciplina laboral. Pero al menos una de cada cuatro chicas contratadas se despide de su empresa antes de llegar al tercer mes por las condiciones de trabajo, los malos tratos y los bajos salarios. No aguantan.

No hay estudios sobre lo que hacen estas jóvenes una vez dejan su empleo de costureras. Volver con sus familias es raro y muy difícil de hacer. Dejaron a la familia para trabajar en las fábricas porque los ingresos de sus padres no llegaban. Las familias son numerosas, de 4 o 5 hijos. Hay como un mandato implícito en las comunidades a las que no se puede regresar con las manos vacías. “No pueden perder la cara”, dice Belante Tebkew, uno de los jóvenes gerentes del polígono. Es muy probable que acaben en la industria del sexo como ocurre en Camboya o intenten emigrar a los países del golfo.
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parque industrial de Hawassa

Hay que reconocer que las fábricas son modernas, limpias, con luz y bien equipadas, como si las marcas quisieran limpiar su deteriorada imagen con las instalaciones en vez de hacerlo con las condiciones de vida de las costureras. Han construido viviendas para los directivos, ingenieros y capataces pero se han olvidado de construir dormitorios para las costureras. Hay supermercados y áreas de recreo para ellos, pero no centros de atención o una clínica para las obreras (los administradores del polígono las llaman operarias). Hay cantidad de cámaras de seguridad dentro del polígono, pero ninguna seguridad para las mujeres una vez salen del polígono camino a sus casas. Decenas de ellas han sido asaltadas y violadas, sobre todo las que trabajan en los últimos turnos.
La vulnerabilidad de las costureras en sus desplazamientos nocturnos y sus protestas han obligado a muchas empresas a establecer un sistema de autobuses desde el polígono a donde viven las costureras. Pero no lo han hecho todas las empresas y algunas costureras siguen dependiendo de ellas mismas para desplazarse.

Tula es una comunidad rural a media hora de viaje al sur de Hawassa, en la carretera que va a Dilla. El precio de ida de un taxis colectivo para llegar allí desde Hawassa es de 10 birrs. Una costurera gana al dia 28,8 birrs. Es uno de los lugares donde viven las costureras. Otras lo hacen en comunidades rurales como Daka, Chefe Kole, o Referal. Viven en habitaciones construidas con barro y láminas de zinc y suelos duros de tierra o a veces de cemento. Por eso señalan la falta de dormitorios como uno de sus grandes problemas cuando les preguntas cuáles son los desafíos que enfrentan. No solo están en riesgo de ser atacadas en sus desplazamientos a casa, las condiciones en que viven son supermínimas, por decir algo.

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Dormitorio en Bole Lami Industrial Park

Tienen que vivir en la periferia de la ciudad, porque los salarios no les permiten alquilar ni tan siquiera una habitación compartida. Los precios de las habitaciones están en Hawassa en 1.000 birrs al mes. En Addis Abeba, donde hay otro polígono con fábricas de confección, Bole Lami Industrial Park, en el que trabajan 19.000 costureras, una habitación cuesta entre 1.500 y 2.000 birrs y el sueldo es el mismo 850 birrs al mes. Las costureras sobreviven juntándose en grupos y viviendo en el extrarradio. Ya lo había visto con las costureras de Phnom Penh, pero aquellas tenían entonces sueldos de 50 dólares y todavía eran capaces de enviar algo a los pueblos del arroz de donde venían y vivían sus familias.

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Tula donde viven muchas de las costureras del parque industrial de Hawassa

En Tula pagan 500 birr por una habitación que comparten entre cuatro, cinco o seis de ellas, como hacen en Addis Abeba o hacían en Camboya. Duermen en colchones de espuma en el suelo y acomodan la poca ropa que tienen como pueden. No hay espacio para armarios o barras donde colgar la ropa. Comparten con otras habitaciones wáteres y lavabos. Con el salario que tienen las costureras se ven obligadas a pedir dinero a su familia para comprar jabón, productos higiénicos, o poder tomar café los fines de semana. En Etiopía la industria de las marcas ha llegado a ser tan perversa que los millonarios del 1% chupan dinero de campesinos pobres que viven con dos dólares al día. Las costureras están tan explotadas que en vez de enviar dinero a sus familias campesinas, como ocurre en Camboya, son estas las que lo envían a sus hijas obreras a pesar de su enorme pobreza. Es increíble que estas familias campesinas pobres estén hinchando las cuentas de los billonarios, pero la realidad siempre supera a la ficción. En la explotación no es distinto

Este artículo ha sido publicado en https://www.elviejotopo.com/revista/el-viejo-topo-num-387/

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