Etiopía: las elecciones no pueden tapar un genocidio

Etiopía ha celebrado elecciones este 21 de junio, pero no han sido libres y justas. La gente fue a votar entre asesinatos, violaciones masivas (hay más de 500 verificadas) y hambre. Abiy Ahmed quería poner una fachada democrática a un gobierno que descansa cada vez más en militares y milicias. No creo que lo haya conseguido y la violencia va a continuar. Baste decir que de 547 distritos electorales que hay en todo el país, en 110 situados en Tigray, Oromia y Benishangul-Gumuz no se ha podido ejercer el derecho al voto. La propia Unión Europea rechazó mandar observadores a unas elecciones que consideraba no podían ser aceptadas como democráticas.

Un día después de las elecciones a la una de la tarde el mercado de Togoga en Tigray fue bombardeado. Testigos dicen que no había soldados. Según fuentes oficiales al menos 43 personas fueron asesinadas, fuentes independientes hablan de un número mayor. La Cruz Roja Internacional ha denunciado que soldados del ejercito etíope no dejaron salir a sus ambulancias desde Mekelle a socorrer a los heridos

Heridos del mercado de Togoga llegan al hospital Aider en Mekelle

Hace dos años Abiy Ahmed, un joven militar encuadrado en el aparato de seguridad del Estado y líder de segunda fila en la sección oroma del EPRDF –un partido federal liderado por el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF)– fue elegido primer ministro. Jóvenes oromos, la minoría étnica más numerosa, llevaban tres años en una rebelión contra la corrupción y la falta de oportunidades que asociaban con el gobierno “tigriño” del TPLF y el régimen optó por resolver la crisis entregando el poder a un joven líder oromo –apenas había cumplido los 40 años– que podría resolver la crisis de manera diferente a lo habitual.

Abiy Ahmed prometió democratizar el régimen y neoliberalizar una economía que había seguido a su manera pero con éxito el camino de los tigres asiáticos. El régimen instaurado en 1991 en bases federales había convertido a Etiopía en uno de los países con mayor crecimiento económico del mundo y una esperanza para industrializar África. En sus primeros días de gobierno el país conoció una primavera política que coincidió con la revolución sudanesa. Parecía que había espacio en el Cuerno de África, donde la política ha estado secuestrada por militares y mercaderes, para la movilización popular. Abiy liberó a los presos políticos, permitió el regreso de exiliados, detuvo la represión contra los jóvenes oromos, hubo prensa libre y prometió unas elecciones libres y justas.

A pesar de que mucho del éxito económico se debía a China, Etiopía era el socio más importante de Estados Unidos y Europa en la región. Hasta hace poco, cuando el orden económico mundial neoliberal no estaba en crisis, era algo normal que un país hiciera negocios con China y se alineara políticamente con Occidente. China hacía negocios donde consideraba oportuno pero intervenía lo menos posible en la geopolítica; un esquema que parece estar acabando. Etiopía era importante porque además de ser el segundo país más poblado de África, (115 millones), respetado en el continente por no haber sido colonizado, poseía el mayor ejército en el Cuerno de África, una región estratégica para controlar el Mar Rojo –una ruta petrolera–, sus zonas altas alimentan de agua al Nilo y sobre todo el Cuerno es la puerta al centro de África donde se consiguen minerales necesarios para la industria militar.

En una coyuntura cambiante, cuando Estados Unidos empezaba a no ver bien que China hiciera negocios en África, el ascenso al poder de Abiy fue visto como una oportunidad y tanto Washington como Bruselas decidieron apoyarlo. Hace dos años le concedieron el Premio Nobel de la Paz. Veían a Abiy como la expresión de lo que ellos esperaban que iba a traer a África el neoliberalismo. Una nueva clase media consumista y emprendedora iba a resolver con negociaciones y votos las acostumbradas crisis violentas africanas que condenaban al continente a la pobreza.

Bajo este paradigma fantasioso fue como interpretaron su acuerdo con Isaías Afewerki, el dictador de Eritrea, el único presidente que ha conocido el país desde su independencia de Etiopía en 1991. Abiy Ahmed e Isaías Afewerki, bajo la iniciativa del primero, según los del premio Nobel, habrían llegado a un acuerdo para traer la paz a dos países hermanos que vivían de espaldas, abriendo una manera diferente de resolver conflictos en el continente africano.[1] La realidad era otra. Ahora sabemos que Abiy Ahmed e Isaías Afewerki habían llegado a un acuerdo no para traer la paz, sino para aplastar al TPLF, que se oponía al poder total de Abiy en Etiopía, con una nueva guerra. Isaías Afewerki, un hombre que es famoso por sus venganzas, aprovechaba el acuerdo para resarcirse de la humillación de su derrota en la guerra de 1998-2000. Los ejércitos de Etiopía y Eritrea junto a milicias amharas están coordinando sus operaciones en la guerra de Tigray.

El acuerdo entre Abiy Ahmed e Isaías Afewerki traía además de regreso a escena el militarismo y la política como mercancía ofrecida al mejor postor. Los rasgos históricos de la política en el Cuerno de África la hicieron famosa por sus oscilaciones durante la guerra fría. El acuerdo establecido en base a una colaboración entre los ejércitos –el eritreo está activo dentro de Etiopía no solo en Tigray, también en Oromía– enterraba la primavera política que estaba conociendo el Cuerno de África, cerrando la posibilidad de regenerar democráticamente la política. Abiy empezó aplastando al movimiento de los jóvenes oromos con el asesinato hace un año del cantante y activista Haacaaluu Hundeessaa, que ha llevado a muchos jóvenes a la guerrilla oroma, y continuó con la guerra de Tigray.

La semana pasada Pekka Haavisto, el ministro de Asuntos Exteriores de Finlandia –la Unión Europea lo envió en febrero a Addis Abeba para encontrar una salida política a la crisis de Tigray– lo confirmó dejando en ridículo a los del premio Nobel de la paz de Oslo. Pekka Haavisto dijo públicamente que en sus conversaciones con Abiy Ahmed y otros altos funcionarios etíopes le dijeron que con la guerra de Tigray querían “acabar con los tigriños para los próximos 100 años”.

Etiopía lo ha negado, pero ¿por qué se iba a inventar algo así un enviado especial de la Unión Europea? ¿No estarían ofreciendo estos mercaderes neoliberales de la política el silencio ante sus crímenes a cambio de intereses estratégicos frente a otros actores globales en un Cuerno de África controlado por ellos? ¿No estamos entrando en una nueva guerra fría?

La información que llega de la guerra de Tigray parece estar más acorde con lo que dice Pekka Haavisto que con lo que dice el gobierno etíope. La guerra parece estar diseñada para borrar del mapa al movimiento político-popular más que para hacer cumplir la ley como aseguró Abiy Ahmed al principio de la campaña el pasado noviembre. Hace unos días el jefe humanitario de Naciones Unidas aseguró que la situación en Tigray es peor de lo que se pensaba. La guerra está mutando en una crisis humanitaria a gran escala, señaló. Se estima que han sido asesinados miles de personas, dos millones han sido obligados a abandonar sus hogares y sus campos. Amnistía Internacional ha acusado al gobierno de estar cometiendo en Tigray ¨crímenes contra la humanidad” y “masacres”. Human Rigth Watch le acusa de “limpieza étnica”. Naciones Unidas dice que 350 mil tigriños pasan ya hambre y hasta 5,2 millones, el 91% de la población de Tigray, puede sufrirla en septiembre, cuando es tiempo de cosecha.

La paradoja que Pekka Haavisto enfrentaba durante sus negociaciones en Addis Abeba es la misma que está encontrando Joe Biden con la guerra de Yemen. Las armas suministradas por Estados Unidos han sido cruciales para crear la mayor crisis humanitaria en el planeta en los últimos años. Estados Unidos necesita a Ryad y Abu Dhabi para controlar las costas del Yemen, vitales en las rutas del petróleo, a pesar de su violación brutal y sistemática de los derechos humanos. Ryad acaba de ejecutar a Mustafa bin Hashem bin Issa Al Darwish, un adolescente, por participar en manifestaciones políticas hace unos años. Joe Biden quiere poner bozales a sus operadores en Arabia pero no sabe cómo. ¿Mientras dure la guerra de Yemen hacia donde deben mirar Biden y Blinken cuando hablan con los chinos de derechos humanos?

En el cuerno de África empieza a ocurrir algo similar. Necesitan operadores que controlen la región en consonancia con sus intereses estratégicos. Es la apuesta de la alianza entre Abiy Ahmed e Isaías Afewerki contra el TPLF. Saben la importancia vital de su mercancía para los intereses imperialistas. Conocen bien el valor estratégico del Cuerno de África en la nueva guerra fría que flota en el aire. Tiene costas cruciales, agua dulce, orillas fértiles y es la entrada natural al centro de África. Isaías Afewerki, un luchador político durante décadas, sabe por experiencia propia que los intereses del capitalismo son más poderosos para los gobiernos que la vida de las personas y los derechos humanos. Por eso hablaban sin tapujos a Pekka Haavisto. Saben que al final Europa acabará aceptando su oferta si llegan a consolidar su poder. Los intereses de las empresas son los que deciden nuestra política en Bruselas avergonzándonos con la complicidad de nuestros gobiernos en masacres y genocidios.

Nota:
[1]Etiopía y Eritrea seguían técnicamente en guerra desde hacía veinte años al negarse Etiopía a reconocer la delimitación fronteriza acordada internacionalmente entre los dos países. Etiopía había derrotado a Eritrea en una guerra que duró dos años (1998-2000) y que tanto resentimiento había creado entre los gobiernos de los dos países.

Una versión anterior de este artículo ha sido publicado en https://www.elviejotopo.com/topoexpress/

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